En el debate público sobre la seguridad nacional, es imperativo distinguir con claridad entre los datos macroeconómicos de la criminalidad homicida y la percepción tangible de riesgo que vive la ciudadanía. Aunque se reportan cifras que indican una disminución en la tasa de homicidios a nivel país, esta reducción estadística no debe ser interpretada como un indicador definitivo de tranquilidad social. Por el contrario, como ha señalado la experta Faride Raful, los números oficiales pueden estar desconectados de la realidad vivida en las calles y comunidades.
La brecha entre estadísticas y experiencia cotidiana
La seguridad ciudadana no se mide únicamente por el número de cuerpos depositados en morgues, sino por la calidad del día a día en los barrios residenciales, los centros educativos y las zonas comerciales. La ciudadanía percibe una meseta en la delincuencia común que contradice, en muchos aspectos, la narrativa de un descenso dramático de la violencia extrema. Esta desconexión surge porque el crimen se ha mutado: mientras baja el homicidio intencional, aumentan otros delitos de oportunidad que afectan directamente al bolsillo y a la integridad física de las personas.
Es fundamental entender que la percepción de inseguridad no es producto de un sesgo cognitivo o del miedo irracional, sino una respuesta lógica ante el entorno inmediato. Los conflictos barriales, las rencillas vecinales no resueltas y los casos recurrentes de raterismo generan una atmósfera de desconfianza que paraliza el desarrollo comunitario. Cuando una familia teme a sus vecinos o a desconocidos en su propio hogar, la estadística de homicidios deja de ser relevante frente a la realidad del acoso cotidiano.
En el contexto de República Dominicana, donde la densidad poblacional y la informalidad urbana son altas, estos delitos menores actúan como una amenaza constante. El raterismo, en particular, ha cobrado un protagonismo que no se refleja en los boletines de homicidios, pero sí en la inseguridad económica de miles de hogares. La sensación de vulnerabilidad se alimenta cuando los medios apenas cubren estos hechos por considerarlos ‘menores’, invisibilizando así el verdadero problema que aqueja al país.
La gobernanza moderna exige un enfoque integral que no olvide al ciudadano común. Una política de seguridad que solo persiga a los grandes criminales organizados o se centre exclusivamente en reducir la tasa de homicidios está incompleta. Es necesario invertir recursos y voluntad política en la prevención del delito menor, la iluminación pública, la vigilancia comunitaria y la mediación de conflictos locales. Ignorar estos factores mientras se celebra una reducción en las cifras de homicidios podría llevar a un descuido peligroso que empiece con delitos menores.
En conclusión, no podemos permitirnos construir una narrativa nacional basada únicamente en indicadores selectivos que omitan el sufrimiento real de la población. La disminución en la tasa de homicidios es un dato importante, pero no la única verdad. Para que la gente realmente se sienta segura, el Estado debe abordar la raíz del miedo: la presencia cotidiana de la delincuencia común y la falta de confianza entre vecinos. Solo así lograremos una sociedad donde los números coincidan con la sensación de paz que todos deseamos.
Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.

