La tranquilidad que históricamente ha caracterizado a la provincia de La Altagracia enfrenta un desafío sin precedentes, según las recientes declaraciones del Obispo Jesús Castro Marte. En un gesto de profundo preocupación por el bienestar de los habitantes, el prelado ha denunciado abiertamente el crecimiento alarmante de puntos de venta de drogas en diversas zonas residenciales y comerciales. Esta situación no solo erosiona la moral comunitaria, sino que pone en grave riesgo la salud física y mental de familias enteras.
Robos masivos y vulnerabilidad institucional
Más allá del problema de las sustancias estupefacientes, el obispo ha puesto énfasis en la ola de robos de grandes cantidades de cables eléctricos. Estos ilícitos no son aleatorios; afectan clínicas, iglesias, viviendas particulares e instituciones educativas, dejando a decenas de comunidades sin energía eléctrica y obstaculizando funciones vitales. La vulneración de templos religiosos y centros de salud denota una falta de respeto hacia los valores fundamentales de la sociedad dominicana.
Frente a esta realidad, la comunidad internacional y nacional debe prestar atención al clamor del clero local. El gobierno central y las autoridades provinciales tienen el deber ineludible de garantizar la seguridad ciudadana antes que cualquier otra prioridad administrativa. La impunidad que parece rodear estos crímenes fomenta una cultura del desorden que, si no es detenida, podría convertir a La Altagracia en un escenario de caos similar al observado en otras provincias afectadas por la inseguridad.
Es imperativo que las autoridades locales asuman su responsabilidad y desplieguen estrategias efectivas para erradicar estos focos de delincuencia. No basta con declaraciones; se requieren operativos encubiertos, mayor presencia policial en sectores críticos y una firme determinación política. La voz del Obispo Castro Marte resuena como un llamado urgente a la acción: proteger a los más vulnerables y restaurar la confianza en las instituciones es la única vía para recuperar el futuro de la provincia.
La situación en La Altagracia no puede ser ignorada bajo la premisa de que es una ‘zona turística’ donde se permite la impunidad. Todos los dominicanos, sin distinción, merecen vivir en un entorno seguro y pacífico. El silencio ante estos denuncias no será interpretado como neutralidad, sino como complicidad pasiva con el delito.
Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.

