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    EL AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

    El análisis del repliegue que hizo el general Pedro Santana hacia Sabana Buey arroja como resultado que fue una resolución descabellada, sin explicación de ningún tipo.

    Ni siquiera hay que tener una marcada visión crítica sobre el papel del referido personaje en la historia nacional para llegar a esa conclusión, pues incluso la mayoría de los santanistas no ha podido justificarla con solidez argumental.

    Como señalé en la entrega anterior, cuando se libraban los combates del 19 de marzo de 1844 en Azua Santana estaba en el sitio conocido como El Peñón, en las proximidades de Tortuguero. Allí seguía cuando el derrotado presidente haitiano Charles Hérard había ordenado la retirada de sus tropas.

    Los invasores haitianos fueron perseguidos varios kilómetros fuera de la ciudad de Azua. Parte de ellos estaban acampados en un recodo del río Jura, con el desaliento que acompaña a los vencidos.

    Allí se enteraron de que Santana (luego marqués de Las Carreras como parte de los pagos que recibió por la abominable Anexión a España) había ordenado el abandono del escenario de la victoria dominicana. El general Hérard se envalentonó de súbito y se dirigió de nuevo al lugar de su amarga derrota, donde arengó a sus perplejos soldados de este modo:

    “Soldados, cuento con vuestro coraje y el honor que os atañe a vuestras banderas. Azua les abre las puertas de Santo Domingo; ustedes marcharán conmigo hacia esa ciudad rebelde…Juren pues todos no regresar a vuestros hogares, sino después de haber reducido a los perversos que conspiran la ruina de los hijos de Haití.”1    

    Entre otras consecuencias negativas que conllevó la inoportuna fuga de Santana fue la decisión pirómana del susodicho Charles Hérard de quemar la ciudad de Azua.

    Es válido recordar que antes, en el 1805, Azua había sido pasto de las llamas por órdenes de Jean Jacques Dessalines. En abril del 1849, por tercera ocasión, ocurriría lo mismo allí, esa vez por voluntad de otro jefote haitiano en fuga, el general y emperador de plastilina Faustin Soulouque, quien había sido derrotado en las batallas de El Número y Las Carreras. En ambas el gran general Duvergé fue héroe.

    Los tres incendios criminales que ha sufrido Azua han sido elementos claves para ralentizar su desarrollo. Es una prueba elocuente que la psiquis de los pueblos se mueve en los meandros de su pasado.

    De esos siniestros, saqueos y mutilaciones, con sus orígenes y consecuencias, escribió con gran detalle quien no fue un diablillo enredador, sino un brillante ciudadano haitiano, Jean Chrisostonie Dorsainvel, en su obra Manual de Historia de Haití.2

     Dejando el pasaje de la piromanía haitiana en Azua y retomando la huida de Santana, es de rigor decir que el historiador Rodríguez Demorizi (cuyas inclinaciones santanistas quedaron vivamente expresadas cuando sugirió que el caudillo seibano fuera llevado al más alto pedestal de la patria) al referirse a la dicha retirada de Santana, su Estado Mayor y sus soldados, la explicó así: “…la batalla librada en Azua el 19 de marzo, victoria espléndida, que perdió su importancia política y militar con el abandono que durante la noche hicieran las fuerzas vencedoras de las posiciones que ocupaban, para replegarse sobre Sabana Buey, primero, y concentrarse después en Baní.”3

    En cambio el historiador Vetilio Alfau Durán, en su ensayo titulado En el campamento de Baní, sostiene, que: “Las tropas dominicanas, después de haber vencido, por razones de orden militar, se replegaron a Sabana Buey y a Baní, en donde establecieron el Cuartel General del Ejército Libertador, colocándose ventajosamente en actitud defensiva…”4

    Pienso que el distinguido Alfau Durán escribió lo anterior desde una atalaya de incomprensible justificación a una de las más raras e innecesarias decisiones de Pedro Santana; a pesar de que él generalmente fue asertivo en sus análisis del pasado dominicano.

    Luego de un estudio minucioso sobre los acontecimientos previos, durante y después de la batalla del 19 de marzo de 1844, y sobre el protagonismo excepcional que en ella y en otros encuentros bélicos algunos han querido atribuirle a Santana, el historiador y periodista Joaquín Priego define con claridad meridiana al investido con el  fanfarronesco título nobiliario de Marqués de Las Carreras.

    Así se expresa Priego sobre Santana, en su libro Batallas de Marzo 1844: “Su nula capacidad como estratega nos hace pensar que era un comandante de tropas digno de la prehistoria, el que no obedecía sus órdenes lo fusilaba.” De inmediato anota que Santana tenía “terror de miedo y de ignorancia a dirigir batallas en campo abierto.”5

    Es pertinente señalar, en aras de abarcar las diferentes opiniones sobre ese tema tan controversial, que el historiador seibano Francisco Elpidio Beras tenía una opinión muy particular sobre la decisión de Santana.

    Beras, que era un prolijo justificador del santanismo, indicó que lo de Sabana Buey fue: “…la resultante de una deliberación mayoritaria…No la decisión unilateral del Primer Generalísimo…”6   

    Asimismo debo indicar que Jacinto Gimbernard Pellerano, mejor violinista que historiador, sostiene en su libro Historia de Santo Domingo que: “si Santana hubiese considerado posible la permanencia en Azua, no se habría auto-despojado del triunfo que significaba retenerla…esta retirada muestra a Santana como un hábil estratega, ya que su valor personal está fuera de toda duda.”7  

    Por su lado Sócrates Nolasco, maestro de los relatos dominicanos y autor de Cuentos Cimarrones, en su ensayo titulado Retazos de la “Batalla del 19 de marzo”, publicado el 11 de diciembre de 1967, al restarle méritos a esa acción de guerra, y considerar que en Azua no hubo batalla campal, atribuye a los santanistas aventar sus repercusiones para glorificar al caudillo seibano. Va más lejos al considerar que la tan mentada escapada a Sabana Buey debió ser consultada con Buenaventura Báez, Remigio del Castillo, Francisco Soñé, Joaquín Puello y otros.

    Es el mismo Nolasco quien admite que sus primeros juicios desfavorables sobre ese episodio de la historia nacional, divulgados en el año 1940, provocaron una reacción de los azuanos que él califica: “algo así como un menjurje de apazote, palo de cerro, aceite de higuereta y serrín de guao.”8  

    En resumen, considero que la Batalla del 19 de Marzo de 1844 fue un hecho de trascendental importancia en la historia dominicana y que el principal héroe de ese punto luminoso de las armas nacionales fue el gran general Antonio Duvergé,  quien en la sabana azuana participó en enfrentamientos frontales con el enemigo invasor y en los terrenos elevados de los contornos practicó emboscadas y desplazamientos veloces, ambas técnicas de guerras antiquísimas y que en ese caso fueron efectivas.

    Creo, además, que la retirada (más bien una fuga extraña) de Pedro Santana hacia Sabana Buey y Baní no tuvo motivos de interés en términos de táctica militar, tal y como se encargaron de demostrar los hechos posteriores.

    Bibliografía:

    1-Proclama Militar. Azua, 21 de marzo de 1844. Charles Hérard. 

    2-Manual de historia de Haití.Editora de Santo Domingo, 1979. Jean Chrisostonie Dorsainvel. 

    3-Guerra domínico-haitiana. Imprenta Dominicana,1957.P74.Nota 11.Emilio Rodríguez Demorizi. 

    4-Vetilio Alfau en Clío.Escritos II.Editora Corripio,1994.Pp57 y 58. 

    5-Batallas de Marzo 1844.Publicaciones América, 1980.P49. Joaquín Priego. 

    6-Una batalla calumniada.Listín Diario, 21 de marzo de 1974. Francisco Elpidio Beras. 

    7-Historia de Santo Domingo.Editora Cultural Dominicana, 1974.Quinta edición.Pp229 y 230.Jacinto Gimbernard Pellerano. 

    8-Obras Completas.Editora Corripio, 1994.Pp203-208.Sócrates Nolasco.

    JPM

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