Recientes acciones me hacen recordar este artículo del 2017, sobre una novela que escribo, una novela distópica, tipo “Rebelión en la granja” o “1984” de Orwell, que empieza así: “Hubo un sistema totalitario compuesto por jueces”. No tengo listo todo el esquema, ni aún el título, pero me gusta esa frase. Contiene información, pero también deja dudas. No se sabe, por ejemplo, si allí todos eran exclusivamente jueces o era un mundo más amplio y complejo, donde solo una parte eran jueces y había una clase dirigente que mantenía un férreo control sobre los demás. Al principio describo aquel país que bien podría llamarse “América”, Orwell llamó “Oceanía” al suyo. Y luego “los fines” del sistema: mantener la paz, el orden y la seguridad mediante decisiones que respeten las normas establecidas. Narro cómo unos personajes, luego de mucho esfuerzo, logran convertirse en jueces, procurando vivir dignamente y con el sueño de ayudar a mantener el sistema, que ingenuamente creen que funciona bien.

    El segundo o tercer capítulo podría ser un “salto hacia atrás” y describir cómo “el gran hermano” -debo buscarle un nombre, ese es de “1984”- llegó a ser el amo y señor de aquel sistema y convertirse en una especie de dios colérico que lanza rayos y amenaza con “romperle el pescuezo” a cualquier miembro del rebaño que se aleje de los postulados de orden y sumisión.
    Tengo algunas frases en fichas, como esta que en algún momento podría decirla, en la novela, el señor todopoderoso de las alturas judiciales –quizás sea una reminiscencia de mi lectura de “Un mundo feliz” de Huxley-: “Usted vino al mundo para ser juez y aceptar las cosas como son. Si se desvía le persigo, le someto, le quito el salario mientras le investigo, sin importar sus problemas familiares o de imagen y menos aun las normas ni su estado de inocencia. De esta forma funciona el organigrama y mantenemos la felicidad”.

    Como técnica narrativa alternaría los capítulos. Uno sobre el presente: Las vicisitudes de la formación para juez, del escalafón y la estabilidad laboral y familiar que de allí se desprende, pero con el temor latente de que, en cualquier momento y sin justificación, se vea afectada por el poder supremo. Y otro capítulo sobre el pasado, o sobre el mismo presente, pero visto desde la óptica del Consejo o Senado o Príncipes Máximos (debo buscarle un nombre), que gobierna despóticamente aquel inexistente lugar, emitiendo resoluciones y juzgando a quien las incumple.

    Luego, ya en el núcleo de la novela, capítulo 4 o 5 de 10, una pandemia afecta la salud global y Júpiter, iracundo y todopoderoso, y compartes, deciden impartir justicia a distancia, aún sin tener potestad para ello.

    Tiempo después, en la misma línea del control total, emiten resoluciones que, como la “telepantalla” de 1984, pretende dejar al juez sin intimidad.

    No sé qué pasará en los capítulos finales. Una novela no siempre termina como lo quiso el autor. A veces los personajes se gobiernan y adquieren vida propia. Incluso dudo con el título. Tenía dos que insinuaban rebelión. Pero ahora no sé si titularla diferente: “Pobres jueces” o “Calvarios de un juzgador”.



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