Aunque los sometimientos por corrupción que realiza la Procuraduría Especializada de Persecución de la Corrupción Administrativa (PEPCA) y sobre todo la lectura de sus instancias en solicitud de medidas de coerción causan una gran conmoción de la sociedad por la gravedad de los hechos imputados y las vinculaciones de las personas involucradas, es innegable que para muchos no representan una sorpresa total, pues algunas denuncias sobre estos actos alegados de corrupción habían sido efectuadas.
    Y decimos que no son sorpresa total, porque la magnitud de los hechos, las múltiples facetas de la corrupción y la variedad de operaciones que algunos se ingenian maliciosamente para defraudar, desviar fondos, apropiarse de bienes o conseguir contratos mediante tráficos de influencias, para enriquecerse ilícitamente y robarse lo que no es suyo, nunca dejará de sorprender y asquear, las cuales aunque se pueden presentar en cualquier tipo de actividad privada o pública pues son parte de los vicios humanos, tienen un impacto mayor cuando se trata de fraude al erario de recursos públicos, lo que nos hace a todos víctimas perjudicadas por tales actos delictivos.

    La auditoría visual es siempre más eficaz al detectar algunos de estos casos, pues como la vanidad lleva a las personas a mostrar sus riquezas, muchas de estas personas llevan un tren de vida y exhiben bienes que no pueden justificar lo que salta a la vista de todos, aunque tristemente en la mayoría de los casos sean tolerados sin mayor cuestionamiento, sobre todo si eso se acompaña de poder político y el denominado “boroneo”.

    El pago de comisiones para obtener contratos ha sido común en este país y muchos otros, pero lo más peligroso es cuando esto se convierte en un hecho tolerado o no mal visto, o al que se le encuentra incluso justificación, y eso tristemente ha venido sucediendo en nuestro país desde hace tiempo con muchos matices, pero peor aún cuando se trata de pagos o coimas a autoridades para que estas se hagan las ciegas y no perturben sus operaciones ilícitas, no le impongan las sanciones correspondientes o impidan actividades prohibidas, lo que ha proliferado gracias no solo a la impunidad, sino también a la falta de repudio moral, y ha socavado la confianza y credibilidad en muchas instituciones.

    Todos los casos de corrupción tienen elementos comunes, entramados societarios, prestanombres, falsedades, simulaciones de contratos, y de no detectarse en un tiempo prudente, es porque fallaron los sistemas de control interno y se dieron complicidades. Ahora bien, pensar que alguien ponga en una posición de servicio público a otra persona a cambio de que esta le pague un porciento del salario que devengará actuando como un proxeneta es tan vil, que a pesar de haberse denunciado antes que sucedía constatar con elementos probatorios presentados por la PEPCA cómo y dónde se producía y quiénes se enriquecían con esta ilícita maniobra, sacude de tal forma que obliga a exigir una limpieza de la cabeza a los pies.

    Es mucho lo que hay que cambiar y no solo en el Estado, pero comenzando por este, para erradicar la percepción de que el poder es para enriquecerse, de que todo se vale para hacer dinero, que a la autoridad no se le cuestiona y de que el poder económico está por encima del prestigio moral. Pero también debemos revisarnos como sociedad para dejar atrás los altos niveles de tolerancia a lo indebido, de adulación al poder político y económico sin cuestionar su legitimidad, de silencio cómplice y de banalidad que nos hace adorar dioses de pies de barro y olvidar valores, héroes y ejemplos.

    Estos casos parecen dar razón al viejo refrán de que cuando el río suena es porque agua lleva, pero ojalá que aprendamos a aplicar los correctivos necesarios antes de que los ríos se sequen y solo queden las piedras.



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