Mi madre, María Ramona, una mujer de muchas luces, de quien aprendí el significado del concepto emprendimiento, siempre decía como mujer creyente, que si no nacimos para servir de qué sirve vivir.
    Y ya he confesado que de mis padres conocí ese sentimiento de felicidad que experimentas cuando extiendes la mano para ayudar en lugar de reclamar, de exigir.

    En estos días en los que parecen que nada tiene un real sentido, ni valor, sentada junto a mi ventana pensaba en los desafíos que me ha encomendado la vida y cómo hemos ido asumiéndolos de cara a esos valores que practicaron mis padres y que nos dieron en herencia a sus hijos, como el mejor botín que pudiéramos conservar, ante su ausencia.

    Quién conoce un poco de donde vengo, sabe de qué hablo. Mi padre, por ejemplo, fue un hombre íntegro, de los que creía en la palabra más que en una firma en un papel.

    Ellos nunca renunciaron a sus principios, pero siempre trabajaron de cara al bienestar colectivo, ese bienestar que arropa a toda una población, comunidad u organización, que beneficia a un grupo y no a un individuo.

    De ellos heredé el amor por el trabajo social y cultivar la cercanía con la gente. Aunque nunca se dieron cuenta, fue justo su labor como líderes que me animó a estudiar periodismo, una profesión que si se ejerce con ética y es bien utilizada propicia grandes satisfacciones, como canal para generar transformaciones sociales.

    Estos tiempos, desde que el mundo se vio bajo los terribles efectos de la pandemia del Covid-19, exigen de cada uno de nosotros anteponer cualquier interés personal para asumir desafíos que contribuyan al bienestar colectivo en todos los órdenes.

    El compromiso no puede faltar, una palabra que escasea y más cuando se habla de trabajo y acción en pos del colectivo.

    Fue su entrega como ciudadanos y cristianos que adquirieron mis padres lo que les llevó siempre a dar la milla extra, donde quiera que llegaban. Es ese mismo compromiso que me ha llevado a lugares y posiciones a lo largo de mi vida.

    Por el otro lado, cabe preguntarnos también si en lugar de asumir los desafíos y retos que nos depara la vida, hemos querido pasar de largo sin darle la cara a las situaciones, porque es mejor estar tranquilos y en paz, que arriesgar mi paz, por el bien de todos.

    La vida nos presenta oportunidades desde cada uno de los escenarios que nos toca, y es de valiente asumir con la cabeza en alto los retos, pese a que esa decisión no sea comprendida en el momento por algunos, quienes al final del camino, lo verán con buenos ojos ya que lo que ha primado es el compromiso en pos de un bienestar colectivo.



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