El pasado sábado 1ero de mayo, celebramos el Día Internacional del Trabajo. Sábado no laborable para algunos que si laboran ese día de la semana, pero “desperdiciado” para los que quisieran convertir cada fin de semana, en uno “largo”. Una gran cantidad de países han asumido ese día como homenaje al trabajador y reconocimiento de su gran importancia en la cadena de producción, en el tren gubernamental, en el sector privado y hasta en el informal. Es día festivo en la inmensa mayoría de países, establecido por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional que se celebró en París en 1889 y la fecha se seleccionó como homenaje a los Mártires de Chicago. Se referían a un grupo de sindicalistas ejecutados en Estados Unidos por participar en las luchas reivindicativas para lograr una jornada de 8 horas. El 1ero de mayo de 1886 se inició una huelga que degeneró en la Revuelta de Haymarket, donde murió un policía y 38 de los manifestantes a la vez que se reportaron más de 200 heridos. Habiéndose elegido el día por un evento sangriento en los Estados Unidos, en las luchas ideológicas universales, los americanos decidieron celebrar el Labor Day, el primer lunes de septiembre, y para evitar reforzar el movimiento socialista en ese país, el presidente americano Grover Cleveland decretó su celebración. El gran logro corresponde a la jornada de 8 horas laborables, aunque en Chicago, gran centro fabril y segunda ciudad en población de entonces, su aplicación fue tardía. España fue el primer país de Europa en aplicar esa reivindicación. Los grandes acontecimientos del siglo XX reforzaron la celebración de ese particular día y más cuando los bloques socialistas y comunistas, basados en la falacia del gobierno de la clase obrera, fortalecieron la fecha con desfiles militares para mostrar el “poderío”, como los realizados en Moscú por décadas. El movimiento obrero criollo, en desteñida actualidad, con una muy amplia percepción de la percepción, se afana por reivindicaciones utópicas con resistencia a modificaciones de un sistema laboral insostenible. Entendemos que el auxilio de cesantía no puede desaparecer de un plumazo, pero hay que sentar las bases para un sistema de seguro del trabajo, que lo sustituya. Para eso se precisan líderes, no simples dirigentes. El sindicalismo activo debe ser revisado por sus representados y redefinir sus roles en medio de una sociedad que ha cambiado radicalmente, desde los tiempos de luchas activas, el activismo de izquierda y las épocas de persecuciones que llegaron al asesinato. En tiempo de crisis sanitaria y sus consecuencias económicas, es tiempo de reinventar el papel de empleados y empleadores. El país y el resto del mundo demandan una nueva “normalidad” y el papel de los actores de la vida cotidiana tiene que funcionar acorde con ese nuevo orden. Nadar contra la corriente es terminar como el salmón: “enlatao”.

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