Con frecuencia emerge la dicotomía entre discurso y realidad. Las construcciones discursivas que prometen el bienestar y la felicidad, pero al paso del tiempo se vuelven tan distantes que suelen terminar en lo imposible.
    Los líderes manejan con cautela sus promesas, porque devienen en compromisos, y tratan de evitar no apartarse demasiado del mundo de lo real. O mucho menos conducir a un estado delirante.

    Las consecuencias que pueden acarrear son obvias y no necesitan enumeración, pero no está demás observar que empujan al surgimiento de expectativas que devienen en demandas para calmar necesidades.

    Naturalmente, cuando lo pregonado se materializa, la renta de aprobación es elevadísima, y se reditúa con alta ganancia en materia política. Desde ese punto de vista es un buen negocio en un mercado colmado de incautos.

    Pero como todo en la vida, y especialmente en el negocio social, también entraña riesgos y potenciales frustraciones. Cuando todo lo ofrecido no resulta satisfecho, empieza a cundir el desaliento, vecino muy cercano del desencanto. Y las personas no pueden esconder su frustración.

    El estado de insatisfacción social conduce a la rebeldía, que puede expresarse de diferentes maneras. Pero nadie es tan experto para saberlo demasiado temprano y siempre va a depender del grado de indignación que se acumule en un proceso en desarrollo. Todo también estará relacionado con las características mismas del ser social y su entorno, que es el conjunto de la sociedad.

    En pocas palabras, a las personas no se les debe encantar hasta lo indecible, ofrecerles cada día cosas y más cosas. Tiene que haber resultados, porque la vida misma se fundamenta en realidades, en lo material, en lo tangible y tocable y medible y obviamente, que pueda ser disfrutado.

    En cualquier caso, lo que no debe permitirse es que se llegue a perder la esperanza. Entonces será muy difícil restaurar la fe y la confianza.



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