Un análisis alejado de la pasión política y que tienda a poner las cosas en su lugar tendría que empezar por aceptar que el presidente Luis Abinader no puede haber comenzado su gestión sobre un lecho de rosas.
    Pero era una situación previsible que se supone el candidato y hoy presidente de la República y su equipo debían de tener presente, pues los datos estaban fluyendo a pesar del interés de la pasada administración por ocultarlos.

    Si tomamos las estadísticas de los últimos meses del Gobierno anterior nos topamos con que sólo el Banco Central le estaba diciendo la verdad al país sobre el impacto real de la crisis generada por la pandemia, una situación que ya se venía incubando dada la irresponsabilidad en el manejo del gasto público y el endeudamiento.

    En su calidad de principal candidato opositor, Abinader manejaba esas estadísticas y se da por descontado que en tales conocimientos el ganador queda en condiciones de un mejor desempeño si ya sabía a lo que se enfrentaba cuando asumiera el poder.

    Por lo demás, debemos recordar que Abinader venía de competir por la presidencia de la República en las elecciones de 2016, una condición que le agregaba un ingrediente a su favor en lo que concierne a conocer—o cuando menos estar medianamente enterado—del embrollo que dejaría el Gobierno del Partido de la Liberación Dominicana.

    Es decir, que cuando abrió la bóveda imaginaria del Gobierno y en lugar de billetes de banco le salieron serpientes, tenía que estar preparado para enfrentar esos apremios sin apretar más el cuello a una población que no resiste una vuelta más.

    Ahora bien, ¿dónde ha estado la falla del equipo de Gobierno? Creo que el principal problema ha sido de una debida edificación de la población respecto de la realidad global del aparato estatal, sin cuyo nivel de información es entendible que la gente reaccionara opuesta rotundamente a pagar unos platos que rompió la irresponsabilidad de la pasada administración o a recoger la factura de una fiesta en la que no participó.

    Pero cuando hablamos de edificar el país no me refiero a simples denuncias de funcionarios de que tal departamento fue diezmado. Eso ayuda si está coordinado. Sin coordinar no es comunicación, más bien se percibe como ruido.

    A lo que me refiero es que antes de presentar el proyecto de presupuesto con las cargas que han crispado a la mayoría del pueblo, el presidente Abinader debió dirigirse a la nación para detallar el nivel de ruina financiera, y apelar a la comprensión de todos frente a las medidas a implementar.

    Estoy seguro de que el resultado hoy sería diferente. Con perdón…



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