Me encantan las personas espontáneas, esas que, razonablemente y respetando al otro, manifiestan lo que sienten en un santiamén. No podemos limitarnos tanto, complicando nuestra breve existencia, preocupados por lo que pensará el otro y no ocupados por sentirnos cómodos. Trato de seguir esa línea, sin negar que en ocasiones resulta pintoresco.
    Yo tenía 21 años. Una compañera de estudios me pidió que la acompañara a un salón de belleza. Iba a hacerse un manicure. En ese entonces desconocía lo que significaba. El negocio estaba repleto de mujeres, todas conversando al mismo tiempo, con el talento que implica estar atentas a cada palabra que decían las demás. Noté que a mi amiga le estaban despegando la telita fina que viste cada uña. Yo estaba azorado. Y le di libertad a mi curiosidad.

    Y le pregunté a quien la atendía, casi a modo de interrogatorio:
    – Doña salón, ¿qué es ese trabajito que le están haciendo a los dedos de mi compañera?

    – Le estamos desprendiendo la cutícula, me respondió con mirada coqueta y un meneíto de lo más simpático.

    – Doña salón, ¿y cuánto cuesta hacerse un descuticulamiento?, proseguí, buscando la manera de aprender algo.

    – Rubio, ¿y de dónde diablos sacaste esa palabra?

    – ¡Adió, caramba, doña salón! ¡Descuticulamiento es sacar la cutícula, como destapar es quitar la tapa de un refresco!

    Ahí mismo las damas empezaron a reírse de mí. “Ese na ma e blanquito, pero bruuuutoooo”, escuché a una exclamar. Me pasmé. Por suerte, en ese estado, encontré una excusa para salir inmediatamente del lugar. Todavía no sé si se puede decir descuticulamiento.

    En otra ocasión, estando en una casa, llegó una joven con tijeritas, alicates, toallas, cremas y una especie de guayo. Era una pedicurista. La chica, al verme sentado, me cuestionó:
    “¿Caballero, usted también se va a arreglar los pies?”. Me quedé aturdido. No entendía lo que ella decía. Entonces le contesté, más inocente que un recién nacido: “No, muchas gracias, pero mis pies no están dañados”. Y apareció la risa.

    Valoremos lo espontáneo (que no tiene que ver con lo ridículo) pues es liberador y permite que uno hable sin limitaciones, sanamente silvestre. Y apartémonos de aquellos que todo lo analizan mil veces, como si equivocarse al abrir la boca fuera pecado.

    Me refiero a la espontaneidad que surge de manera natural, de buena fe, sincera, en asuntos que no suelen ser parte esencial de nuestras vidas, sino detalles para disfrutarla mejor. Ser espontáneos nos ayuda a caminar más libres del peso del equipaje que representa expresarnos tomando siempre en cuenta las opiniones de los terceros. ¡Arriba el “descuticulamiento” y los pies dañados!



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