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Después de los acuerdos de paz y desmovilización de los grupos insurgentes, muchos asumieron que el paramilitarismo era ya una página negra superada en la convulsa historia política de Centro y Sudamérica.
No obstante, ha reaparecido con sus conocidos relieves en Haití, convirtiendo a ese país en el epicentro de un esquema de violencia y terror que parecía en franco desmantelamiento en América Latina.
Si se replica con semejantes perfiles, y no tenemos dudas de que así será, eso significa que el narcotráfico y otras variantes del crimen organizado están creando una nueva y más segura base de operaciones en Haití.
Y que esa sola perspectiva es la señal más inquietante de que sobre la seguridad nacional dominicana se ciernen tiempos tormentosos.
Con bandas bien armadas, bien provistas de municiones y pertrechos y recursos económicos provenientes de los secuestros, extorsiones, contrabandos y tráfico de drogas, Haití es ya un polvorín militar ultra peligroso.
En este tablero insular, la República Dominicana resultaría ser objetivamente el mejor campo de profundidad o escudo de protección que vislumbran esas bandas y carteles para expandir sus operaciones.
Nuestro país, que no ha desmayado en reclamar una urgente intervención de la comunidad internacional para rescatar a Haití, no puede quedarse de brazos cruzados esperando las respuestas salvadoras.
Tiene que asumir la aparición del paramilitarismo haitiano como una amenaza real a su soberanía, a su paz, a su orden social y desarrollo sostenido, y comenzar a preparar sus fuerzas armadas para los imponderables que se generen de esta ominosa realidad.
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