Harold Priego.

    Otra vez eran las once y media y no habíamos vendido ni una escoba. Eso quería decir —como explicaba el creativo catalán—, que el negocio andaba mal. Y en términos publicitarios significaba que no habíamos parido ni una idea.

    Teníamos un enorme cúmulo de trabajo y no sabíamos qué hacer. La nariz del creativo catalán estaba de capa caída y eso sólo podía significar que el horno no estaba para bollos. El catalán no estaba de humor. Su cabeza catalana, que era generalmente un hervidero de ideas, se encontraba en estado de hibernación y eso lo hacía sentirse inútil, completamente inútil y de mal humor.

    Si alguien le hubiera preguntado qué estaba haciendo en ese momento habría respondido que estaba defecando, mentalmente defecando, aunque con otra palabra.

    El catalán tenía una nariz móvil, retráctil, podía oler una campaña a kilómetros de distancia cuando se le paraba la nariz, pero la nariz estaba ahora en un punto muerto y atravesábamos por una sequía de ideas, no habíamos vendido ni una escoba.

    En ese momento se oyó la voz de Harold en el departamento de arte, del cual nos separaba sólo una puerta. Pero aunque hubiéramos estados separados por un grueso tabique la conversación se habría escuchado igualmente y todos se habrían dado cuenta de lo que se hablaba, porque la discreción no era el fuerte de Harold. Se trataba, por lo que pudimos entender, de una llamada confidencial o que pretendía ser confidencial. Una señora, cuyo nombre pronunció Harold en voz alta y que todos conocíamos como dueña de una gran agencia publicitaria, lo llamaba para ofrecerle aparentemente un trabajo mejor remunerado. Pero Harold no mostraba mayor interés y al final le daría una respuesta medio en serio y en broma que la dejaría probablemente turulata, desconcertada:

    —Ya yo tengo trabajo, lo que yo quiero es robar sin tener que trabajar como hacen los políticos.

    No sé qué habrá dicho o pensado su interlocutora al otro lado del teléfono, pero la conversación se interrumpió de inmediato y Harold soltó una de sus típicas carcajadas.

    Ninguna otra cosa digna de mencionarse volvió a ocurrir ese día hasta las cuatro o cinco de la tarde, cuando ya era casi hora de marcharnos. Recuerdo que nos sentíamos aburridos y frustrados y estábamos recogiendo los bates cuando llegó la noticia. El cliente de Sanadol quería que le presentáramos la campaña esa noche a las siete. Los deseos del cliente eran, por supuesto, órdenes y apenas teníamos una o dos horas para prepararnos.

    Para peor, se trataba de una presentación de gala en el salón de recepciones de un hotel de lujo situado en un piso alto de una de esas horribles torres modernas, al cual se accedía través de una pasarela de pesadilla. En la época de Nerón arrojaban los cristianos a los leones, y a nosotros —se me ocurrió pensar en voz alta— nos arrojarían al vacío si la campaña no era del agrado del cliente, que tenía un cierto parecido con Nerón.

    El cliente o representante del cliente era un gringo que había venido al país a impartir unos cursos de mercadeo a los vendedores de la firma que producía Sanadol y a supervisar la campaña. En las reuniones que habíamos sostenido nuestras miradas se habían encontrado y no nos gustábamos. El gringo me tenía ojeriza y yo era alérgico a los gringos. Fumaba cigarrillos Montecarlo desde la época en que unos publicistas habían creado la primera campaña publicitaria nacionalista para un cigarrillo dominicano: “No permita que intervengan en su fumada”. El gringo me tenía ojeriza y yo le tenía tirria.

    Llegamos al lugar con la puntualidad de un reloj suizo, a las siete de la noche, nos invitaron a sentar en unas de esas incómodas sillitas plegadizas de metal, y nos hicieron esperar hasta pasadas las nueve.

    Allí todo estaba organizado como en una especie de escuelita. Una legión de famélicos vendedores de todos los rincones del país había sido convocada para recibir un curso intensivo de entrenamiento que había comenzado en horas de la mañana y la jornada había sido agotadora. Los legionarios empezaban a parecerse a zombis y las cosas empeoraron cuando se iniciaron los preparativos para la instalación de unas mesas y toda la parafernalia de un espléndido buffet. El olor de la rica comida invadió el ambiente y los legionarios empezaron a dar muestras de desesperación. Yo llegué a temer que se produciría un levantamiento o una especie de estampida y que no íbamos a tener oportunidad de presentar la campaña. Un expositor detrás de otro dictaba una aburrida charla y los legionarios empezaban a mirarlos con odio. Odio y hambre.

    Cuando el curso llegó a su fin, los legionarios estaban agotados, cayéndose a pedazos, pero todavía tenían que tragarse la presentación de la campaña.

    Por alguna razón desconocida, el licenciado presidente decidió que yo, precisamente yo, iba a ser el presentador y confieso que sentí como si me hubieran arrojado a los lobos. La atmósfera era tensa. Me enfrentaba a un posible linchamiento y cuando miré la cara del licenciado presidente me pareció que sonreía con una sonrisa malévola. Entonces decidí cortar por lo sano, saltarme todos los ámbulos y preámbulos, ir directamente al grano. Expliqué que para idear una buena campaña los creativos publicitarios debían conocer a fondo el producto y para conocerlo debían comprobar lo que prometía el producto. Teníamos, por ejemplo, la información de que el producto quitaba el dolor de cabeza y sobre todo la resaca y le pedimos a un ejecutivo que se proporcionara una resaca con fuerte dolor de cabeza y el producto le quitó la resaca y el dolor de cabeza. Teníamos también la información de que el producto curaba los síntomas del resfriado y le pedimos a un ejecutivo que se resfriara y el producto le curó los síntomas. Lamentablemente, dije más adelante, de algún lado recibimos la información de que el producto servía como anticonceptivo y lo probamos como anticonceptivo y ahora teníamos una secretaría en cinta y no sabíamos quién era el padre.

    Después transcurrió un segundo, el segundo más largo de mi vida, un segundo en el que pude ver el rostro horrorizado del licenciado presidente y la horrible cara del gringo que me miraba con inquina. Había metido la pata y pensé que nada me salvaría hasta que escuché una explosión de risas, las risas de los legionarios que se liberaban de las tensiones acumuladas durante tantas horas de cautiverio. Entonces rieron los demás, incluyendo al gringo y al licenciado presidente. Entonces terminé de presentar la campaña con las más breves palabras que encontré y recibí nutridos aplausos. Entonces también me permití, sin estar autorizado, invitar a los legionarios a disfrutar del espléndido buffet y allí fue Troya. Se produjo un levantamiento, una insurrección general y todos se lanzaron sobre la comida.

    La campaña fue aprobada felizmente, después de ciertas críticas, pero el licenciado presidente no me dirigió la palabra durante varios días y en el departamento de creatividad vendimos muchas escobas, todas las escobas del mundo.



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