En medio de la plaga de noticias falsas que contamina hoy la esfera de las comunicaciones, la prensa y los periodistas profesionales son las víctimas preferidas de aquellos que quieren imponer la mentira sobre la verdad.

    Las agresiones e insultos no solo se expresan de modo verbal o textual, sino corporalmente, y provienen tanto de gobernantes como de figuras políticas o de usuarios de redes que no perdonan que el periodismo profesional ponga al descubierto las manipulaciones ignominiosas de la verdad y la realidad, ni sea portavoz de los discursos de odio, discriminación e intolerancia de los fanáticos de grupos ideologizados.

    A diferencia de las redes, donde se anidan unos supuestos comunicadores sociales que vomitan acusaciones o rumian sus frustraciones en contra de los medios formales y sus periodistas, la prensa tradicional funciona en base a reglas de estilo, de ética, a códigos y filtros y a las regulaciones de la ley.

    Los periódicos tienen sus editores, correctores y curadores de las noticias para cerrarle el paso a las informaciones falsas o manipuladas, pero las redes no. En ellos no funciona el sicariato moral ni el comercio con la plata que pone a los monos a bailar.

    La prensa respeta mucho su misión de informar verazmente y estimular la libre pero civilizada discusión de las ideas, muy consciente de que su papel es ser defensora y estabilizadora del sistema democrático.

    Estas son premisas que no existen ni asumen los supuestos comunicadores sociales de redes o de otras plataformas mediáticas, porque están para servir a otros intereses y causas jugosamente bien pagadas, aunque intenten disfrazarse de periodistas profesionales.

    Toda esta artillería de ataques contra el honor y la integridad de los periodistas profesionales es un indicador elocuente de cuán relevante es el papel de la prensa en las sociedades democráticas.

    Ella desmonta mentiras y artilugios de propagandistas políticos o religiosos y construye verdad y objetividad sobre los hechos que afectan a una sociedad, sin pretender sesgarlos, edulcorarlos o callarlos.

    Felicitamos calurosamente a todos los periodistas dominicanos que han abrazado esta profesión con seriedad y responsabilidad.

    Pero, en especial, a los del LISTÍN DIARIO que cada día se esfuerzan por mantener y defender una tradición de principios y de luchas por las libertad y el respeto de los derechos humanos, aun a costa de sufrir el injusto vituperio, la censura o el ataque artero de quienes pretenden estigmatizarnos y manchar nuestro sagrado compromiso con la verdad.





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