El acceso ilimitado a las redes sociales nos ha creado la convicción errónea de que podemos hablar de todo, por todo y contra todo, sin importar las consecuencias. Es preocupante cómo nos creemos con facultad para desahogar las más profundas frustraciones e intolerancias, solo con pulsar un clic.
    Ese período de reclusión/confinamiento en nuestros hogares nos ha convertido a muchos en unos seres intransigentes y amargados que desahogamos nuestras limitaciones existenciales contra la figura pública de turno: política, artística o empresarial.

    Mientras más alta sea la posición del blanco de estos ataques cibernéticos, más honda es la satisfacción de los francotiradores que dejan ver sus miserias en cada comentario envenenado o cada expresión irrespetuosa, -adobada con alguna palabra soez de ocasión- que de frente no nos atreveríamos a decirle a nadie, por muy merecido que se lo tuviera.

    Los sicarios de reputaciones van del ocasional internauta que en sus carencias ve al triunfador como una amenaza, hasta el que dedica todo su tiempo en identificar el más mínimo desliz en su víctima favorita, que siempre encontrará. Esto hace recordar que la envidia es una forma disfrazada y retorcida de admiración de lo que el otro tiene y no hemos podido obtener.

    Ese derecho constitucional a la libre expresión que ha costado a nuestro país tanta sangre, sudor y lágrimas, hoy es el pretexto perfecto de un ejercicio incontinente de insultos, sarcasmos y suspicacias contra quien esté en la palestra pública, su destinatario de turno.

    Se pretende desconocer que, aunque somos libres de emitir opiniones, del otro lado, también está el derecho al honor, buen nombre y reputación individual del ser humano receptor de los comentarios aviesos, cuya familia también se ve afectada.

    Aunque las expresiones del internet mantienen al ciudadano vigilante para la denuncia y freno de los desafueros de sus congéneres y sobre todo, de los que ocupan puestos de poder, esa facultad se ha convertido en un río caudaloso de diatribas sin control al que, si no se le cierran las compuertas, desbordará todo lo que le rodea, sin remedio ni vuelta atrás.

    La pantalla, sin el contrincante de frente, permite esa falsa percepción de anonimato para arrojar sin piedad toda la inmundicia y los insultos más despiadados, en el entendido de que no habrá defensa inmediata y de que siempre habrá muchos borregos que, sin muchas averiguaciones, secunde nuestro parecer para crear tendencia en tiempo récord.

    Talvez, si revisáramos lo que escribimos en un momento de furia o por simple impertinencia y nos colocáramos en el lugar del que lo recibe, otra fuera la historia. Eso solo lo sabrá el escritor de esos pasquines cuando los dardos envenenados se los lancen a él; aunque, quizá nunca lo sepa, porque su insignificante papel en la sociedad no merezca siquiera los ataques de sus iguales.



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