Uno de los aspectos más difíciles de esta pandemia ha sido la relación colegio-padres.
    La casa, para aquellos que tenemos la fortuna de tener algo confortable, se ha convertido en trabajo, escuela, hogar. Hemos perdido el contacto con amigos y seres queridos.

    Los colegios se vieron de repente cerrados y transformándose en aulas virtuales y los padres; unos porque siempre lo han hecho, otros porque no les quedó más remedio; han tenido que participar en forma más activa en las tareas escolares.

    Desde el principio fue común oír quejas como “estoy pagando la luz, uso el papel de mi casa, la computadora, etc.” y reclamaban descuentos porque entendían, con toda la razón, que los colegios debían dar descuentos o facilidades de pago, lo que muchos han hecho en la medida de sus estructuras de costo.

    Al no conocer el costo de los colegios, no tenían en cuenta que cerca del 70% de los gastos se circunscribe a la nómina de profesores y empleados. Por varios meses se tenía la incertidumbre si el año escolar empezaría en agosto o sería pospuesto por las autoridades para proteger la salud de los alumnos.

    Las nuevas autoridades pospusieron con razón el inicio del presente año escolar y muchos colegios han visto reducir sus matrículas, especialmente la de niños más pequeños, ya que sus padres han decidido no enviarlos para evitar contagios innecesarios.

    Esto ha obligado a muchos colegios a cerrar, otros a reducir personal. Hace unos días oía las directoras de un colegio, con lágrimas en los ojos, hablar de la necesidad de cancelar personal para poder mantener operativo el colegio con reducidos ingresos. Peor aún, leí en las redes un maternal de muchos años, cómo ofrecía regalar los equipos del colegio porque había tomado la dolorosa decisión de no volver a laborar.

    En medio de toda esta incertidumbre de parte de los directores y propietarios de los colegios, mi sorpresa fue inmensa cuando me enteré de que algunos padres interrumpen las clases en línea para decirle a los maestros cómo impartir las clases. No sé si el encierro les ha hecho perder la cordura y olvidan que las aulas son sagradas, donde existe una relación profesor-alumno, que no puede ser interrumpida por nadie.

    Cuando tenía en mente este artículo, un buen amigo me hizo llegar un video de un reputado cirujano que estaba tan sorprendido como yo, porque esa actitud de querer ser ahora padre-profesor parece que es un virus que se ha extendido como el Covid por otros países.

    Decía el doctor Robert Anthony, que en uno de los grupos de padres escuchó decir que las clases en línea habían demostrado la pobre calidad, los errores de ortografía, el tono áspero de los maestros y dice que como cirujano de más de veinte años, que se cree muy bueno, “si un padre le pide entrar en el quirófano no lo permitiría, porque todos los padres alrededor del mundo se creen médicos”.

    Esto es una verdad tremenda después que existe google, ya que sin importar la especialidad del médico o del profesional todos terminamos siendo “todólogos”. Seguía diciendo que “no importa lo entrenado que estés, el simple hecho de estar siendo observado cambia totalmente el desenvolvimiento por más y mejor capacidad que tenga el profesional”. El ser observado agrega una presión adicional a la que requiere dar clases en un ambiente en el cual todos estamos aprendiendo.

    Preguntaría a esos padres ¿Cómo sentirían si un cliente entra a la reunión virtual donde discute planes de su trabajo? ¿Consideraría a ese profesional mejor o peor?

    Tengo muchos años vinculado a la educación, he sido testigo del cambio de actitud de los padres hacia la escuela. Por un lado, muy positivo la vinculación tanto del padre como de la madre en los asuntos escolares. Labor que por muchos años estuvo sólo bajo la dirección de la mamá.

    Todos los cambios no han sido positivos, los padres, en muchos casos, quitan autoridad a los profesores, pretenden exculpar al alumno de todo y muchas veces entienden que la educación es responsabilidad única del colegio, porque ambos están ocupados en sus respectivos empleos, olvidando que la educación es un trabajo compartido.

    En esta época de pandemia los padres tienen que apoyar más que nunca el trabajo en las aulas, recuerden que lo que ustedes pasan como consecuencia del trabajo en casa, el escaso contacto social, el encierre, las presiones de trabajo remoto sin facilidades, a los maestros les ocurre por igual.

    No sabemos el tiempo que nos falte para clases presenciales, recordemos que los alumnos de los colegios son privilegiados, tienen condiciones que muchos alumnos de escuelas no tienen.

    Apoyemos a los colegios, no nos perdamos en nimiedades porque puede suceder que cuando usted quiera volver a las clases presenciales ya no exista el colegio o peor aún, ya terminó de cerrar.



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