Con diversos ecosistemas que se esconden entre los 500 y los 4.500 metros de altitud, Quito cuenta con bosques andinos, secos, páramos y valles, entre otros, testigos todos ellos del frenético aleteo de aves de fácil avistamiento o del cantar de otras, como el gallito de la peña, no tan sencillo de encontrar.

    AL QUE MADRUGA…

    A poco más de una hora de la urbe, el mirador Guaycapi es hogar durante el año de 27 especies de colibríes, según su propietario Jorge Luna.

    “Desde que sales hay una infinidad de aves: colibrís, tangaras, atrapamoscas, trepatroncos. El que llama siempre la atención es el zamarrito colita raqueta, que tiene unas botas blancas y al final dos raquetitas en la cola”, explicó a Efe.

    De pequeño pico negro, el macho, de unos 12 centímetros, es fácilmente reconocible por su larga cola que acaba con forma de raqueta.

    Aunque muchas de las aves se pueden observar tras una corta caminata a cualquier hora del día en zonas aledañas a la ciudad, como Nono o Mindo, para observar otras es necesario caminar montaña arriba de madrugada.

    Escalar en silencio y acompañado del paisaje que dibuja el despertar del sol en el horizonte y de los cálidos sonidos de la naturaleza, parecería ya suficiente regalo para el turista al que, no obstante, la paciencia le puede retribuir con sorpresas mucho mayores.

    “Absoluto silencio, no se muevan, por favor”, dice un guía entre la bruma de la madrugada, mientras los turistas en medio del bosque cumplen a rajatabla la orden sin sospechar el resultado.

    Al poco rato, con un plumaje rojo intenso en la mayor parte de su pequeño cuerpo, aflora el gallito de la peña, una de la aves más hermosas del Chocó Andino, en el norte de la provincia de Pichincha, de la que Quito es capital.

    Atrás se disipan el cansancio de la caminata y el sopor de la madrugada, porque ver a esta icónica ave es uno de los privilegios de las zonas rurales de la capital de Ecuador, un país con 1.660 especies de aves, según el Atlas Ambiental del Distrito Metropolitano.

    El Distrito cuenta con el 83 % de un total de 286.805 hectáreas de bosque que hacen parte del Chocó Andino de Pichincha, reconocido en 2018 por la UNESCO como Reserva de la Biosfera, que incluye una superficie de bosques andinos de aproximadamente 14.000 hectáreas, hábitat natural de una diversidad de aves.

    TAN CERCA

    El cóndor andino, el colibrí zamarrito pechinegro, el tucán andino piquilaminado, el pájaro yumbo, el carpintero dorsicarmesí, son algunas de las especies que los amantes del aviturismo, desarrollado en el país desde hace treinta años, pueden admirar en la ciudad misma o en sus 33 parroquias rurales.

    Las aves urbanas son de fácil avistamiento en el Jardín Botánico, en parques como La Carolina, el Metropolitano Guangüiltagua o en el Itchimbía, entre otros, así como en las faldas del volcán Pichincha, a cuyos pies se derrama una ciudad de más de 40 kilómetros de largo por cinco de ancho.

    Pero a menos de una hora de Quito, escenarios tan paradisíacos como la Reserva Yanacocha, en el Pululahua, ubicado en un antiguo cráter cerca de la emblemática Mitad del Mundo, o el Bosque seco de Jerusalén, entre otras.

    También parroquias como la de Nono, donde está la reserva orquideológica Pahuma, que cuenta con una variedad de micro climas y uno de los bosques nublados mejor conservados, que permiten apreciar orquídeas y diferentes aves, entre ellas tangaras, tucanes y el exótico gallito de la peña, el más llamativo.

    “En Pahuma tenemos más de 300 especies de aves”, dijo a Efe Javier Lima, uno de los propietarios de la reserva, al comentar que a la zona acuden expertos para realizar conteos de aves y también turistas de varios países.

    Pero ahora, indicó, por la pandemia, “el quiteño se ha vuelto una gran fuente para nosotros, que estamos dedicados al turismo”, y bajan los fines de semana e, incluso, días entre semana.

    Bajo estrictas medidas de bioseguridad, la reserva ofrece caminatas en medio de verdes bosques y cristalinas cascadas.

    Porque aunque la pandemia haya reducido la llegada de avituristas extranjeros, ha aumentado la afluencia de los locales, que se han reencontrado con la naturaleza en medio del aleteo de colibríes y la banda sonora natural de unas aves que revolotean ajenas al bullicio de la urbe. EFE



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