Dice la Biblia que por prueba, encuentro y renovación, Jesús tuvo que pasar cuarenta días y noches respectivas, de oración y ayuno, en el desierto de Judea. Malas siempre son las comparaciones, pero lo cierto, es que Pedro Sánchez, el presidente en funciones de España, lleva más de quince en un territorio político cada vez más inhabitable y lleno de peligros.

    Al margen de la truncada travesía desde la moción de censura a Mariano Rajoy y el gobierno de 84 diputados, con los que gobernó hasta las elecciones del pasado 28 de abril, ahora mismo, PSOE y Unidas Podemos (UP) lejos de acercar sus posiciones, se limitan a un increscendo mutuo de intolerancia. Esto, con una puesta en escena cada vez más barroca, que se ha manifestado en la profusión compartida de una ristra incalculable de reproches varios que, a merced de la ciudadanía, quedan expuestos en el mentidero público digital.

    ¿Será que el Gobierno de coalición es una entelequia del electorado progresista o será que esos votantes sienten una animadversión tajante sobre una repetición electoral fallida?
    Si nos sustentamos en las cifras, el PSOE ha sido la lista más votada, tiene el grupo más grande del Congreso y atesora la mayoría absoluta en el Senado. Sin embargo, no tiene la mayoría para gobernar, así que el reparto del poder se ha tornado un proceso innegable y, en estos momentos, farragosos, sobre todo, después de la investidura fallida de finales del mes de julio que dejaron ver, y no precisamente entre bambalinas, la desconfianza mutua existente. Es imprescindible un acuerdo antes del veintitrés de septiembre pero las cábalas de sumatoria de escaños todavía no cuadran. Incluso las reuniones con sindicatos y patronal en Moncloa para acercar posiciones y buscar apoyos, no han sido muy aclaratorias.

    En el palacio de Marivent en Palma de Mallorca Sánchez, con aire vehemente luego de conversar con Felipe VI, subrayaba que su gobierno sería en solitario con apoyos de terceros y abstenciones, pero a día de hoy, las continuas negativas de izquierda y derecha se van solapando y dejan un mar de dudas. Incluso las reuniones con sindicatos y patronal en Moncloa para acercar posiciones y buscar apoyos, no han sido muy aclaratorias.

    ¿Será que por cuarta vez desde 2015, estaremos abocados de manera inexorable a recurrir a las urnas, para superar este bloqueo político?



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