En su camino hasta la santidad, Virata había llegado a lo más alto del poder y desde allí entendió que para liberarse de toda culpa debía dejar el lujo y la influencia que ejercía en la vida de los demás. También, que la soledad lo acercaría a Dios y que “solo el que trabaja experimenta a Dios y sólo el pobre de solemnidad lo posee por completo”. Entonces, quiso dar votos de pobreza y se alejó de su esposa, de sus hijos, de sus posesiones y “se dirigió río arriba (…) donde no había edificación alguna y la tierra aún no conocía arado”. Y allí, decidió levantar una cabaña y “dedicar su vida a la contemplación, lejos de los hombres y sin culpa”. Todos los grandes iniciados han tenido su momento de total soledad, alejados del “mundanal ruido”.

    Virata, cuyas manos no estaban acostumbradas al trabajo físico, aprendió a preparar sus propios alimentos, aseguró de tigres su cabaña y alimentaba y jugaba con los pájaros. Luego encontró en el bosque un simio pequeño con una pata rota. Lo curó y lo educó “hasta que lo tuvo enseñado, y luego el animal, que era juguetón y lo imitaba en todo, le sirvió como un esclavo” y, aunque rodeado de animales dóciles, “sabía que también en ellos, al igual que en los hombres, dormitaba la violencia”, pero se conformaba con su papel de espectador “en ese círculo interminable de aniquilación y salvación”.

    Allí, en el bosque, “durante un año y varias lunas no vio a hombre alguno”, hasta que un día un cazador de elefantes contempló, desde la otra orilla, a un “anciano de barba blanca” rodeado de pájaros y con un simio que “le partía nueces con golpes diestros de sus patas traseras”. El cazador pensó que veía al santo de la profecía: Los animales le hablarán con la voz de los hombres y las flores crecerán bajo sus pisadas. Puede alcanzar las estrellas con los labios y ahuyentar la luna con un soplo de su aliento”.

    Al día siguiente una multitud de curiosos se reunió en la otra orilla, para ver el milagro, para ver al santo. Uno lo reconoció, y la voz corrió y llegó hasta el rey, quien salió al encuentro del sabio y al llegar le dijo a Virata: Desde hace años observo tu camino hacia la perfección. Ahora he venido a ver cómo vive un hombre justo para aprender de él”.

    “El que no tiene patria posee el mundo, el que se ha desprendido de todo posee la vida entera y el que no tiene culpa goza de la paz”, dijo Virata, quien, como postura ética, entendía que “el ejemplo es la ligazón más fuerte entre los hombres; toda acción despierta en los demás la voluntad de actuar con rectitud”.
    Tiempo después tuvo una desavenencia con el rey, quien lo nombró guardián de los perros de palacio, a quien había sido el primer hombre del reino. Los hombres lo olvidaron. Al morir fue enterrado en el hoyo de la basura de los siervos y nadie ya recordaba al hombre que habían enaltecido con los cuatro nombres de la virtud.



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