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La Era de Balaguer – Periódico El Caribe


Se cumplen hoy 19 años del fallecimiento de Joaquín Balaguer, pero si es por la vigencia de su estilo de gobernar, de su manera de concebir la política y el ejercicio del poder, además de su obra material, aún no ha muerto.
“El Doctor” todavía vive si nos atenemos a que su “sello’’ está en la cotidianidad del quehacer político mientras su pensamiento conservador predomina en los temas fundamentales de la agenda dominicana.

Vive cuando notamos que es reeditado por los que imitan su forma clientelar de hacer política, modalidad que en lugar de disminuir se acrecienta.

Balaguer sigue actual en la práctica de la casi totalidad de nuestros políticos, que no solo lo emulan, sino que lo reivindican al extremo de que por iniciativa de sus más encarnizados opositores el Senado lo consagró como el “Padre de la Democracia”.

Tan de moda está que hace menos de una semana el mismo Senado aprobó un proyecto de ley que nombra el teleférico de Puerto Plata como “Teleférico Dr. Joaquín Balaguer”.

Es que “El Doctor” patentizó con tanto vigor en todos ellos el “vuelve y vuelve” que ya hasta el PRM, que surgió con el antirreeleccionismo como principio, se adelanta a glorificarlo a futuro al consignarlo en sus estatutos.

Sin ánimo de exagerar, se puede decir que existe una “doctrina balaguerista”, y no lo decimos con sorna ya que en vida en más de una medición Gallup lo colocaba como el político más admirado en la República Dominicana.

Ausente físicamente de entre nosotros, resucita a cada instante en el accionar de una partidocracia esencialmente antidemocrática que se niega al relevo generacional y lo obstaculiza.

Tarea pendiente en el mundillo político vernáculo es Luis Abinader, que no pertenece a esa generación porque cuando comenzó el período de los Doce Años no había siquiera nacido, por lo que no se le puede asociar directamente al contagio balaguerista.

En este aniversario 19 del fallecimiento de “El Doctor”, no hay señales de que los estudiosos de nuestra historia empiecen a hablar de él en tiempo pasado, ni de que pretendan someterlo a un juicio objetivamente crítico y formulado con seriedad.



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