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Los entierros de antaño – AlMomento.Net


            Hasta los años sesenta del siglo pasado, en el país no se conocían las funerarias fuera de la ciudad capital, donde según mis recuerdos solo existía una. Esta situación obligaba a velar los muertos en sus casas. Al menos en los pueblos, la costumbre prevaleciente era colocar el ataúd sobre cuatro sillas del comedor y en cada una de las esquinas un cirio que permanecía encendido, sin importar que fuera de día o de noche.

            La velación del cadáver se hacía de un día para otro, según la hora en que se produjera la muerte. Pero se procuraba que el entierro se hiciera a más tardar 24 horas después de producida la muerte, porque así quedaba consignado en el Código de Salud existente en esa época, tomando en cuenta que no existían cámaras de refrigeración para la conservación del cadáver.

            Contrario a lo que actualmente sucede en las funerarias, que las puertas se cierran a las 10:00 pm, para reabrir a las 8 am del siguiente día, en los velatorios en las casas al muerto no se le podía dejar solo durante la noche. Se acostumbraba que la mayor cantidad posible de personas permanecieran haciéndole compañía durante las horas de oscuridad y silencio.

            La forma de estimular la permanencia en el velatorio eran las frecuentes rondas de café caliente que se brindaba a los que permanecían en el interior de la casa, rodeando al muerto. De manera más disimulada, a los hombres que se ubicaban en el frente o el patio de la casa, se les entregaban botellas de ron, mismas que estos compartían, al tiempo que se entretenían haciendo entre ellos todo tipo de cuentos. Estos hombres se mantenían al margen de los rezos y cánticos religiosos.

            En los casos en que el fallecido muriera de heridas de cuchillo y se desconociera su matador, había que estar muy pendientes sin que importara la hora. La concepción común y popular aseguraba que al matador le era imposible evitar la curiosidad de ver al muerto en su caja y a sus familiares llorando. Pero que en la medida en que el asesino se acercaba a la caja a ver al cadáver, este comenzaba a sangrar abundantemente por las heridas, lo que era tomado como una evidencia irrefutable de culpabilidad.

            Era importante asegurar que con cierta periodicidad se produjeran escenas de gran llanto. Estas escenas estaban a cargo de los dolientes más cercanos y algunas lloronas conocidas que no dejaban de asistir a ningún velorio, conocieran o no al difunto, porque su actuación era recompensada por los dolientes, según el grado de intensidad de los griteríos y desmayos que se produjeran o simularan.

            Un personaje importante era la rezadora, que era contratada para la mayoría de los velatorios. En ese tiempo, la creencia popular era que, a mayor cantidad de rezos, mayores eran las posibilidades de que el difunto fuera al cielo, o, al menos, al purgatorio de manera temporal. La rezadora era una verdadera profesional en su labor y no se explicaba uno cómo era capaz de memorizar tantos rezos, que repetía en un orden riguroso y cuidando la intensidad de su entonación al recitarlos.

            Solo los cadáveres de los suicidas no se llevaban a la iglesia, en el entendido de que por su acción estos no tenían posibilidad de ir al cielo. En otras circunstancias, no llevar un cadáver a la iglesia era considerado una ofensa, tanto al difunto como a su familia.

 Esto se tomaba tan en serio, que en algunos casos en que el muerto perteneciera a una iglesia protestante y no se autorizaba llevar el cadáver al templo, algunos familiares corrían a hablar con el cura del pueblo y lo llevaban a la iglesia católica, aunque en vida nunca hubiera asistido a ella.

            Para llegar al cementerio la familia siempre contrataba un par de guaguas. Mientras más personas asistieran al cementerio, mayor categoría se le daba al entierro y al difunto mismo, que era revalorado en los casos en que se le tuviera como una persona común y corriente y, sin embargo, mucha gente lo acompañara al cementerio.

            Lo más común era cavar la fosa directamente en la tierra y allí depositar el ataúd, al que se le cubría con tierra. Pero antes de lanzar la tierra sobre el ataúd, se lanzaban flores sobre el mismo y alguien tenía que decir con solemnidad: “Polvo eres y en polvo serás convertido”. Mientras se hacía esto, tenía que darse un gran griterío y producirse varios desmayos de mujeres.

            Cubierto el ataúd regresaban todos al pueblo. La costumbre era concentrarse en la casa del difunto y volver a dar el pésame a los familiares. Con posterioridad muchos regresaban cada día a las actividades del novenario, que eran fundamentalmente de rezos y lloros. Pero hacia el final del mismo, ya se veía la conformidad de los familiares y la aceptación de la realidad vivida.

            Actualmente, todo esto se ha perdido. Los muertos ya no se velan en sus casas, sino que son llevados a la funeraria y a ella acuden sacerdotes y pastores a realizar la correspondiente liturgia. También se han olvidado los novenarios y se les ha sustituido por una actividad religiosa en un templo, encaminada a llevar una exhortación a vivir como buenos cristianos ante la posibilidad de llegada de la muerte en cualquier momento.

Confieso que cada vez  acudo con menos frecuencia a los velatorios y entierros. Cada día estoy más consciente de que se aproxima el mío, pero me siento preparado, pues al fin y al cabo, como alguna vez he dicho, vivir es ir muriendo.

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