Somos racistas en la lástima, con el color de la piel del que pierde el juico, se volvió loco. En la pena que se tiene al otro hasta que no se determina a que se debe su estado.

    Pues como todavía no se puede hacer un inventario visual de los locos que la pandemia se llevó consigo. Un inventario visual, de los que caminan las calles, como yo, a lo loco, que es como se conoce a los de calle arriba, calle abajo, pero según he podido constatar, visualmente (que conste, soy miope), a algunos se los ha llevado este tiempo de sombra, de incertidumbre, con toda y creencia en más de la cuenta en Dios, para evitar que nos toque, pero sin cuidarnos y violentando todas las “santas reglas” de las autoridades para cuidarse del contagio.

    Si algo consiguen los locos de las calles, contrario a los que se hacen los “locos”, es que ya no le parten el alma a nadie. Ellos las tienen partida (no se sabe en cuanto), al igual que el que los mira y cuando se les acerca e instintivamente se les esquiva o ellos nos esquivan a nosotros.

    Ellos saben de los que somos capaces de hacer y hemos hecho con ellos. Por supuesto que me refiero a los sanos, a los que no hemos perdido el juicio (todavía) como consecuencia de lo económico, social, político pasional, etc., aun sin el análisis médico: “Está cogió”.

    Los locos cansan, imagínense los cuerdos. ¿A quién culpar del deambular de los insanos mentales en nuestras calles? ¿A los familiares? ¿Al Estado? Que no se culpe a nadie. En los pueblos se sabe la procedencia familiar del que pierde el juicio o se hace el “loco” y nunca dejan de tener una historia que les anteceda y les preceda a sus vidas itinerantes de las calles.

    Los locos de estos tiempos no tienen el privilegio de las épocas de antaño (no bien Adán y Eva fueron… algunos locos debieron de procrear sino eran ellos que estaban locos al renunciar a ser mantenido de todo para pasar a ganarse el sudor…). El loco de la antigua Grecia se le atribuía ser un vidente, el adivino del porvenir, imagínense. No, déjenlo de ese tamaño, por favor. Todas las civilizaciones, por la razón que sea que se haya perdido el juicio, pasaba a ser alguien que debía ponérsele caso, ya que estando cuerdo no se les ponía, de ahí (¡pobre de los cuerdos con: “De poetas y de locos todos tenemos un poco” al comparárseles con estos notables).

    Volviendo a los insanos de nuestra ciudad y por si alguien no se ha dado cuenta, los locos también tienen sus lugares preferidos de la ciudad, sin importar la cantidad. Los del Distrito Nacional, la Ciudad Colonial, cual sea la razón, les encanta esa zona, yo digo que por fresca y porque por ahí están o pulularon los espíritus de sus antecesores de La Colonia, porque nadie se atreve a pensar que el español que se volvía loco por estos lados, lo embarcaban y lo afueriaban para la Madre Patria, ¡eso sí que no! Aquí se quedaba buscando oro en su delirio tremens.

    Cuando alcanzo a ver uno que otro conocido, que se hace el “loco” o está loco, me digo: “Con esta pandemia algo lo cuidó”. Al estar tan expuesto… Dios es bueno. Parece que la libertad sin aspirar a nada o aspirar demasiado, por cuestiones de juicio, tiene algo que le favorece. Me refiero también a los que se hacen los “locos”, que pululan y no solo en un solo lugar en esta media isla para sobrevivir con honorabilidad, pues sepan que no hay más gente más ñoña que el que se hace el “loco” para vivir dentro de sus posibilidades y la de los otros, que también, los que son locos de verdad y los que se hacen los locos, no dejan de tener, uno que otro, su orgullo.

    Indudablemente, la vida es una gran protectora de los que tienen juicio de más como de los que tienen de menos, y no me refiero solamente a perder el juicio o rendirle cuenta por hacerse los “locos” con el patrimonio de la “sociedad”, luego en juicios, porque se esté temblando en un rincón por los actos cometidos, por olvidarse que el tiempo camina hacia adelante y a veces como el cangrejo para determinadas acciones de nuestras vidas, tanto públicas como privadas.

    Y cuidado con decir con toda la boca, “Los locos, ¡los otros!”

    Amable Mejía
    amablemejía1@hotmail.com

    El autor es escritor.



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