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    EL AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

    POR EDUARDO GARCIA MICHEL

    En el hermoso acto de conmemoración del Día de la Libertad, celebrado el pasado 29, el presidente Luis Abinader honró a las gestas patrióticas que protagonizaron la lucha contra la tiranía y aseguró que trabaja “por desterrar para siempre los males que, heredados de la dictadura, como la corrupción, la violencia o la impunidad, sigue sufriendo hoy nuestro país”.

    El plan político del 30 de Mayo preveía enjuiciar a quienes por motivos políticos cometieron crímenes y a aquellos que robaron patrimonio público. Además, establecía la confiscación de los bienes mal habidos. El juicio a los asesinos de las hermanas Mirabal, el proceso de extradición de Ramfis Trujillo y la expropiación de bienes ejecutada, eran pilares esenciales para frenar la impunidad. Lamentablemente, esa determinación fue frenada por la fuerza de los intereses que se aunaron para que la ausencia de castigo permaneciera viva hasta nuestros días.

    Hubo una proclama que debía transmitirse la noche del tiranicidio. El documento se ha perdido. Por obra del azar, un gran ciudadano, el doctor Antonio Rosario, en una charla pronunciada en 1995, reveló detalles de su contenido. La meta era restablecer las libertades, los derechos conculcados, institucionalizar el sistema democrático y afianzar la justicia.

    Dice Antonio Rosario: “Una noche de sesión (Club Rotario de Moca)… se me acercó Antonio García Vásquez y me dijo que quería hablar conmigo en un aparte discreto, acerca de un asunto de interés. Hicimos el aparte y me dejó saber como encargo y encomienda de Antonio de la Maza y Juan Tomás Díaz, con quienes él había estado en la capital, adonde casi todas las semanas viajaba junto con otros amigos y familiares o allegados, que ellos me solicitaban redactar una proclama o manifiesto”.

    Antonio García Vásquez (1916-1980)

    La proclama participaría, sigue diciendo Antonio Rosario, “al pueblo dominicano que las cadenas de la opresión con que había estado sometido a una férrea tiranía, habían sido rotas, como consecuencia de un atentado contra el señor de horca y cuchillo que durante casi 31 años había sometido sin piedad a todos los dominicanos, quien había caído ajusticiado por un grupo de valientes, de los llamados de pelo en pecho; que habían tenido éxito en el empeño en devolvernos el derecho a ser un pueblo libre y soberano, dueño de su propio destino; que con motivo del éxito del atentado se iniciaba una nueva etapa en la vida del pueblo dominicano, una etapa en la que habrían de florecer la libertad y la democracia, abierta al nacimiento de nuevos partidos políticos, de iniciativas y de actividades propias de un régimen de derecho; que los derechos del pueblo en un sistema democrático se le devolverían a todos los dominicanos, pues ninguno de los comprometidos en la acción liberadora abrigaba la intención nefasta de seguir el ejemplo despótico del tirano abatido por los conjurados”.

    Antonio Rosario se preguntaba: “¿Cuál fue mi reacción al oír al compueblano, tocayo, colega y amigo, que por la naturaleza del mensaje que me hacía llegar yo tenía que comprender que era uno de los comprometidos en el plan que habría de culminar la noche del 30 de mayo de 1961? Con la mayor serenidad y sangre fría, busqué el momento de decirle a Antonio García Vásquez que yo no estaba en ánimo de preparar el mensaje al pueblo que se me pedía. Que no le negaba la cooperación al grupo de los conjurados, pero que para hacer el manifiesto y por razones de seguridad y de prudencia, debía producirse primero la muerte del generalísimo”.

    Por su parte, Fernando Amiama Tió, explica: “En la cárcel, tu padre Antonio García Vásquez me recitaba párrafos del mensaje que escribió como proclama, para utilizarse frente a la ciudadanía después del ajusticiamiento del tirano y que formaba parte del plan político”.

    Antonio Rosario, apresado por el simple hecho de ser esposo de una hermana de Antonio de la Maza Vásquez, relata: “Cuando en esa madrugada de angustia yo buscaba mi ropa interior, la autoridad que dispuso que podíamos irnos, que podíamos salir de donde tanta silla y bastón eléctrico se les aplicó a los detenidos, me preguntó que qué pasaba que no acababa de vestirme y yo le contesté que buscaba mi ropa interior. Me increpó de esta manera: “¡Carajo!, ¿y usted no se puede ir sin pantaloncillos? Y entonces no lo pensé dos veces”.

    Olvidó los pantaloncillos, pero la proclama que en su esencia se la recitó su colega y amigo Antonio García Vásquez, quedó sellada en su memoria.

    JPM

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