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¡Qué lástima!


Los problemas del corazón son la principal causa de muertes en el país y, sin embargo, da lástima el estado de estrechez y limitaciones en que se encuentra el único hospital especializado en cardiología al que acude la clase más necesitada.

Hablamos del Instituto Dominicano de Cardiología, situado en el sector Los Ríos, reputado como una verdadera escuela de especialización para cardiólogos dominicanos y extranjeros.

En medio de la pandemia del coronavirus, jóvenes y adultos con problemas cardiovasculares y de alta tensión arterial, figuran entre la mayoría de las víctimas, así como los diabéticos.

Frente a una realidad cómo esta, un hospital cardiológico de envergadura, como este, debería ser pieza fundamental de una política oficial para prevenir y remediar estas comorbilidades.

Pero da pena llegar hasta allí, porque sus salas de triage, espera, consultas y emergencias están atiborradas de pacientes, sin más espacios ni personal para atenderlos.

Para resolver esa grave deficiencia se inició la construcción de un anexo, pero la obra ha quedado paralizada y por ninguna parte del presupuesto aparecen partidas para concluirla. Hecho insólito e injustificable.

El presidente Abinader o la primera dama, doña Raquel, muy consagrada a la lucha por prevenir cánceres, deberían sacar un tiempo de su apretada agenda y darse una vueltecita por el Instituto de Cardiología, para que comprueben esta deprimente realidad.

Si este gobierno ha hecho una apuesta responsable por la salud, no se explica que permita dejar estancada una obra tan vital, llamada a dar atenciones de primera categoría a la gente humilde del pueblo que no tiene con qué tratarse los problemas del corazón en clínicas privadas o en hospitales donde no existen unidades cardiovasculares.



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