Del PLD y sus gobiernos, se podrá decir o hacer todas las críticas habidas y por haber, pero, como partido político, no tiene -ni tuvo en el ejercicio del poder (a pesar del mote de “come solo”)- una filosofía o visión estrecha de que Estado y gobierno -una transitoriedad de conducción del Estado- debe ser la expresión o monopolio de un partido de gobierno. Incluso, en los gobiernos dirigidos por el PLD hubo la tendencia o práctica de crear una suerte de gobierno lo más próximo a un arcoíris político-ciudadano que, creo, algunos no valoraron ese eclecticismo gubernamental; y, es más, ni siquiera guardaron la forma, antes y posderrota, haciendo el crossover -cambio o metamorfosis- pequeño burgués ya de tecnócratas, “sociedad civil” u oportunistas de toda laya.

    Sin embargo, hay un viejo adagio que reza “el Estado ni agradece ni guarda rencor”, quizás por ello algunos actúan bajo ese predicamento y no bien se da un cambio de gobierno cuando ya se afianzan en el nuevo estribo gubernamental; o cuando no, se montan en las olas, y van o vienen con ellas. Joaquín Balaguer –“!Padre de la Democracia!”-, a esos especímenes, les llamó corcho…

    Por ejemplo, no sé cuántas veedurías públicas -2012-2020- se constituyeron, pero, ante la denuncia de un sindicalista -“dueño del país”- y senador, nadie sale a defender -a excepción de un exministro- un pasado mecenazgo pro-“sociedad civil”, a sabiendas de la pulcritud y honestidad del exfuncionario acusado, tal vez, porque ya es cultura el predicamento de que “el Estado ni agradece ni guarda rencor”, o que arriesgar el reenganche es mucho. Vaya ironía. ¡O tal vez, lección…!

    No obstante, y a pesar de tanta ligereza, lo que sí es inconcebible es que, en pleno siglo XXI, un alto cargo se despache con que el Estado -esa categoría histórica-sociopolítica- deba repeler o excluir ciclas (en cualquier caso, escríbase: PRM, PRSC, PLD, emergentes u otras). Esa desapreciación política-ciudadana -de derecho inalienable (el de trabajar) y consignado en nuestra Carta Magna- o monopolio político-gubernamental se oye bien, y hasta es natural, en boca de leguleyos que bien pueden -y pudieron- defraudar sus estirpes reafirmando, cómo dijera un caro amigo, que la intelectualidad, la honestidad o una vida por las mejores causas -equivocado o no-, no son valores que se heredan o se pegan.

    De eso último, ejemplos, estridentes y bien dispuestos, para colmo, tenemos por pipá, ¿o acaso, alguien ya olvidó aquel estribillo: “…sí algo hay es para…, y si algo queda, también es para…”? ¡Oh, Dios!



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